miércoles, 31 de diciembre de 2025


          SADE                            

                                                                                                                                                                                                                                                           Patricia Polari


A los psicoanalistas nos suena Sade de Kant con Sade, escrito muy difícil de leer. La literatura de Donatien Alphonse François, Marqués de Sade, en cambio, no es difícil. Puede ser sorprendente, repugnante, excitante, horrorosa y hasta aburrida, pero sus diálogos y puestas en escena son fáciles de leer.

Del escrito de Lacan solemos retener algunos fragmentos como el matema del fantasma perverso y otros, pero leerlo de punta a punta, con ese estilo alusivo propio de Lacan multiplicado por diez, y obligada a buscar referencias a cada párrafo, me resultó dificultoso.

Sin embargo no quiero hablar de Lacan, ni de Kant con Sade, sino del libro sobre Sade de Annie Le Brun.

Resulta que para ayudarme con el escrito leí el libro de Jean Allouch Faltar a la cita, de 2001, que me reenvió al que les acabo de mencionar.

Les voy dando las fechas: Kant con Sade es un escrito a pedido, para servir de prefacio a La filosofía en el tocador; Lacan lo escribió en 1963, lo presentó y se lo rechazaron; entonces lo publicó en otro lugar. Después formó parte de los Escritos en 1966.

En 2001 Allouch escribe Faltar a la cita para explicar Kant con Sade. Despliega la historia de ese escrito: por qué lo escribió y cómo fue que lo rechazaron, en la primera parte del libro, y en una segunda parte dividirá al escrito en fragmentos según los temas psicoanalíticos que tocan, como el fantasma, el deseo, el placer, el goce, el objeto. El libro de Allouch me lleva entonces al otro libro del que les quiero hablar ahora, Sade. De pronto un bloque de abismo… de Annie Le Brun.

Es una especialista en Sade y escribió este libro en 1977. Es escritora, ensayista, crítica literaria, feminista. Perteneció al grupo surrealista junto con André Breton en 1963, justo el mismo año en que Lacan escribe Kant con Sade. Es un libro fantástico, porque se nota un conocimiento profundo de la obra de Sade, cada libro, cada obra de teatro.

En los años ‘60 empieza a cambiar la forma en que Sade es recibido; antes de esos años era visto como un escritor inmoral, de cosas sucias, pervertido, licencioso, depravado y criminal. Todo eso está en la obra de Sade, pero no en su vida, y eso es lo que Lacan sabe separar muy bien. Nos induce a no confundir la obra con la vida, el personaje del libertino, con la persona del Marqués de Sade que no era un perverso; era un neurótico, bastante transgresor pero moderadamente transgresor, de ninguna manera como lo que escribe, muy lejos de eso. Ese es un primer deslinde que Lacan hace y que es importante.

Por su parte Annie Le Brun nos muestra -y Lacan también pero en mucha menor medida porque el suyo es un escrito corto- qué aristas tiene el pensamiento de Sade, porque Sade es un filósofo, además de un escritor de “porquerías” sexuales, y tiene inquietudes políticas muy presentes en sus obras. Entonces se trata de ver cuál es la lógica presente en Sade, y Lacan lo pescó rápidamente también; él lo llama la razón de Sade. Cuando dice “la razón” se refiere a su lógica y a la originalidad de su pensamiento.

Cuando se toma la decisión de publicar las obras completas de Sade es porque empieza a ser recibido como un pensador original; es decir con menos reacción sentimental, la del asco y la repugnancia que a veces produce, como si se hubiera dicho: veamos que dice este tipo, qué hay detrás de lo que nos muestra y de la reacción sensorial que busca y logra provocarnos. En ese contexto un editor decide publicar sus obras completas y pedirle a distintos escritores un prefacio para cada uno de los libros. Y a Lacan le toca La filosofía en el tocador; escribe Kant con Sade solamente para servir de prefacio a esa obra.

Pero Sade tiene muchas. Una de las primeras es Diálogo entre un sacerdote y un moribundo, que vale la pena leer porque es un texto lleno de humor, en el que un sacerdote intenta convencer a un moribundo de que salve su alma, de que comience a creer en Dios y se arrepienta de sus pecados, y no sólo no lo logra sino que el moribundo termina haciendo la tarea inversa, que es corromper al sacerdote. Después escribe Los 120 días de Sodoma. Esa novela es la más espantosa de todas; según A. Le Brun es la más importante. La escribe en 1785, fíjense que muy cerca de la revolución francesa, y ya llevaba encerrado 7 años en la Bastilla.

Sade pasó las dos terceras partes de su vida encerrado en distintas cárceles, y por último en el asilo para enfermos mentales de Charenton, desde donde se veía la guillotina. Este es todo un tema en Sade, por que él se opone a la pena de muerte, aun arriesgando su propia cabeza; este es uno de los aspectos de la persona de Sade, no de sus personajes. Además es un aristócrata bastante filantrópico, y como les decía antes es moderadamente transgresor. Pero, ¿por qué lo detienen? Lo detienen justamente por esas transgresiones, que para la época son escandalosas, pero que consisten, por ejemplo, en hacerse dar unos latigazos en el día de Pascuas; por eso lo tienen años encerrado. O un escándalo con prostitutas, que trasciende; cosas así. Ahora, si uno lee Los 120 días de Sodoma, hay una distancia sideral entre las cosas que están descriptas allí y las cosas que Sade efectivamente hace.

Cuando ya lleva 7 años encerrado en la Bastilla, se pone a escribir Los 120 días… en secreto, con una letra muy chiquita, en unos rollos que todavía se conservan y que son propiedad del gobierno de Francia -pueden ver las fotos en la web- durante treinta y siete días, entre las 19 y las 22 horas. Cuando lo trasladan al asilo de Charenton esos papeles se pierden y él se desespera. Se encontraron, tarde; y fue publicado ciento y pico de años después, en 1904.

A. Le Brun, como decíamos, considera que esa es su obra más importante. Tiene algo en común con La filosofía en el tocador, en ambas se trata de la educación de una joven con el fin de corromperla. Creo que el subtítulo es La escuela de libertinaje. Pero en Los 120 días ocurren toda clase de cosas; empieza como una novela común, después hay una puesta teatral donce vienen todas las escenas orgiásticas, y esto último está intercalado con disertaciones filosóficas. ¿Por qué? Por una razón muy pedestre, y es que cuando el libertino acaba, es decir eyacula, hay que hacer una pausa. Cuando hay que hacer una pausa, Sade mete un disertación teórica, filosófica, acerca de por qué no hay que creer en Dios, justificando los crímenes, etc., y cuando están todos repuestos empiezan otra vez las escenas orgiásticas.

Lacan alude a esto en el texto Kant con Sade, sin explicar de qué se trata. Pone entre comillas, citando a Sade “la postura se rompe”. Que la postura se rompe quiere decir eso, que toda esa puesta en escena prolija, teatral, de los cuerpos entrelazados entre sí, gozando de diversas maneras, en un momento se tiene que desarmar para descansar y ahí viene la disertación. La expresión “la postura se rompe” está en La filosofía en el tocador, que además tiene esta particularidad: que en mitad del desarrollo de la educación para el libertinaje de la joven Eugenia, para enseñarle toda clase de cosas depravadas, hay un alegato político conocido, que se llama Franceses un esfuerzo más si quereis ser republicanos, donde Sade se dirige a los franceses y les dice: que si terminaron con la monarquía pero no terminaron con la religión, es como si no hubieran hecho nada; que la tiranía del rey y la superstición del cura están fuertemente entrelazadas; si este último subsiste, va a volver la monarquía en algún momento.

Es un alegato ateo recargado; todo lo que es la incitación al ateísmo en Sade está recargado. Insiste, insiste, no solamente insiste para persuadir sino que además blasfema, injuria, maldice a Dios de una forma tan reiterada que nos hace sospechar, dice Lacan con razón; lo que dice Lacan y que no pesca Le Brun porque no es psicoanalista tal vez, es que con esa misma reiteración de la blasfemia vuelve a erigir a un Otro, a ese Ser Supremo al que quiere matar, pero esta vez es un Ser Supremo en maldad.

Esto es así porque todos sufrimos la constricción del lenguaje; no es posible, siendo hablantes, eludir ese punto matemático que se llama Dios. Podemos llamarlo de muchas maneras diferentes, pero el punto es ineludible: los lacanianos le decimos Otro. Al hablar, se lo erige. En ese sentido la empresa de Sade es una empresa imposible, pero él la intenta, y la intenta tan bien que -esto lo destaca Le Brun- va bastante más lejos que el ateísmo de sus contemporáneos. Porque él pertenece a una época, la de la Ilustración, la de la explosión científica, en la cual la ética no se deja más en manos de la religión y se empieza a hacer un culto de la Razón; la racionalidad de la edad moderna. Con lo cual la razón se convierte en un nuevo Dios, se cambia la fe en Dios por la fe en la razón. Esto en el siglo XXI todavía está vigente.

Entonces, el ateo de la Ilustración, siglos XVII y XVIII, llega hasta cierto punto en eso de la muerte de Dios; Dios no se termina de morir, es como una obra inacabada. Se erige en su lugar a la razón, que es tomada así, en singular, aún hoy. No las razones, las lógicas, las racionalidades, que la ciencia sabe que son plurales, pero no ha llegado eso todavía a nuestras categorías mentales, en la vida cotidiana y en el discurso común.

Sade es más escandaloso en el fondo, quiero decir: en la superficie él parece escandaloso por proponer prácticas sexuales que rayan con lo asqueroso; pero es más escandaloso en el fondo porque violenta la razón, y todos los prejuicios de la modernidad. Esto lo dice Deleuze también; dice que ejerce una violencia que ataca las bases mismas de la racionalidad, y eso es insoportable. Por ejemplo, la racionalidad moderna tiene como pilar al principio de no-contradicción; y Sade, que tiene mucho humor, cuando sus personajes libertinos hacen sus disertaciones filosóficas, se contradicen continuamente.

Pero una cosa es que el personaje literario sea contradictorio, otra cosa es que Sade lo sea. Juega a propósito con lo que es el pilar más sagrado de la racionalidad, y eso es como un ultraje para la edad moderna. Le Brun dice que la ciencia irrumpe con un modelo, una representación que desplaza a la representación antigua, que es el modelo de máquina, y la noción de funcionamiento, vigentes hasta ahora -hoy tenemos la máquina a full-, y que ese modelo de máquina se vuelve espectacular y reemplaza a la estupidez progresista y la ceguera racionalista.

Ella escribe ese libro en el ‘77 y lo escribe como prefacio a la reedición de las obras completas de Sade, que a partir de ahí no van a tener cada una de ellas un prefacio, como cuando le pidieron a Lacan, sino un solo prefacio que es el libro de Annie Le Brun. En 1985 lo publicará como libro separado. Y acá lo tenemos traducido y publicado por El cuenco de plata.

Dice que el impacto que produce Sade provoca defensas, y decir que su obra es monótona es protegerse de su novedad. En realidad su obra es monótona, llega un momento en que la repetición cansa y dan ganas de revolear el libro. Porque el fantasma se reitera y se reitera y nunca sale de sus propios límites; es lo que Lacan matematiza con una línea sinuosa en el escrito Kant con Sade. ¿Cuál es la novedad de Lacan? Yo siempre creí que la novedad de ese escrito era acercar a Kant y Sade, pero eso no es novedoso, por dos razones. Primero porque son fácilmente acercables, Kant es representante de lo moral imposible, y Sade es representanto de lo inmoral igualmente imposible -ya veremos que su pretensión de goce desenfrenado se queda siempre corto, nunca sale de los límites del goce fálico, por eso nunca sale de las fronteras del fantasma; Lacan dice que en su acto es siervo del placer. La otra razón es que según Allouch unos años antes, ya Horkheimer y Adorno habían acercado a Kant y Sade; eso entonces no es lo más original.

Pero encontré otras cosas originales en Kant con Sade. Primero, la separación entre la obra y la vida: el acento está puesto ahí. Cosa que no había sido hecha, porque a Sade se lo tomaba como si fuera uno de sus personajes, un monstruo o un enfermo mental; grave error. Al ponerse a investigar un poco, una de las cosas más interesantes que uno encuentra es esa, descubrir que una cosa es la novela de Sade y otra cosa es la persona de Sade, que tiene una biografía sumamente sugestiva. Segunda cosa original en Lacan, es destacar la servidumbre del placer y del goce fálico, que nunca llegan al goce que pretende, que se queda en lo imaginario. Tercera, el fracaso en matar a Dios, la reiteración de la injuria y la erección de un nuevo Otro que es el Ser Supremo en Maldad. Cuarta, el “panfleto dentro del panfleto”, como lo llama Lacan: La filosofía… es un panfleto, y adentro hay otro panfleto más, que es el alegato Franceses...

Por su parte, Annie Le Brun destaca, en su Sade: el ateísmo, que va más lejos que el de sus contemporáneos, porque se coloca entre la nada y el infinito -ahí es donde se sale de los límites de la racionalidad moderna-; esto es muy interesante para nosotros, los psicoanalistas, que trabajamos con un simbólico abierto y sabemos que hay una relación entre el infinito y la singularidad, y que no podemos prescindir de ella, porque si nosotros trabajáramos con un simbólico cerrado y con un conjunto finito, no saldríamos del terreno de lo particular, que es donde se queda la psicología.

Para pasar de la particularidad a la singularidad necesitamos conceptualidar el infinito, un simbólico abierto que sólo alcanza de manera asintótica, siempre aproximada -es decir que no lo alcanza nunca- a lo real.

Y curiosamente A.L.B., que no es psicoanalista y no conoce a Lacan, destaca esto; dice que Sade, al negar a Dios, insiste mucho en el vacío de la causa; Sade dice una cosa muy graciosa, y es que los seres humanos, para explicar lo que no comprenden, postulan una causa de la que comprenden todavía menos, que es Dios.

Destaca el vacío de la causa y roza el infinito: en Los 120 dias… presenta una lista de 600 prácticas sexuales, entre las cuales nos da a elegir; y la presenta como si fuera un menú gastronómico. Dice: de todas estas, algunas te van a gustar, y algunas no te van a gustar, elegí; presenta las cosas como si dijera: el objeto de deseo puede ser cualquiera, es inestable; los objetos para el deseo son infinitos, eso es lo que permite acercarse a la singularidad, que haya infinitas opciones. Colocarse entre el vacío de la causa y el infinito le permite salirse del marco acotado de la lógica clásica y la racionalidad moderna.

Esto lo acerca al psicoananálisis, porque si no concibiéramos al infinito, a un real que sólo se alcanza asintóticamente por un símbólico que no se envuelve a sí mismo, no podríamos meter lo inconsciente en el campo del saber; no hay otra manera.

Otra cosa importante que subraya Le Brun es que Sade inyecta el cuerpo en el pensamiento, los hace indisociables, y esa es su novedad; ningún otro escritor lo volvió a hacer. Bueno, está Bataille, que parece tener algo en común con Sade, pero no es igual a Sade; eso también está demostrado y explicado pero a mí me excede.

Pensé a propósito de esto que es como si Sade volviera a coser, a la fuerza, lo que el dualismo cartesiano separó: lo sensible y lo inteligible, separación que es vieja pero nos sigue gobernando. El cuerpo por un lado, y el pensamiento por otro. Suelo decir, y tal vez sea una deformación pero lo voy a decir igual porque ustedes son psicoanalistas lacanianos, que Lacan hace una operación parecida a la de Sade en este sentido; que es inyectar libido en el pensamiento; o al revés, poner el pensamiento, que ya no lo llamamos así sino “lenguaje”, porque el lenguaje lo subsume (subsume razón, pensamiento, número, etc. etc.), en el cuerpo. Pone el pensamiento en el cuerpo, lo mezcla en las pulsiones, lo inyecta de libido.

Bueno, Sade hace eso, en Sade no hay nada que no esté mostrando esta indisociabilidad entre lo que se piensa y el cuerpo que se excita. Tiene una frase en La filosofía… que es bastante burda, que dice: cualquiera quiere ser un tirano cuando se le para, o cuando está en erección, algo así; como diciendo que todo lo que es del cuerpo, todo lo sensorial, afecta a lo discursivo. Él tiene una discursividad así, y en ese sentido no se lo puede tomar a la ligera, porque es una discursividad única, es totalmente original, no solamente por lo que describe sino por lo que suscita en el lector, que es muy fuerte y nadie puede sustraerse. Cuando se mezclan el rechazo y el horror, y la repugnancia, con la excitación sexual, eso al lector le resulta intolerable; y hay algo más fuerte que eso todavía. ¿Qué es?

ALB se pregunta: cómo puede ser, si los seres humanos estamos tan acostumbrados al crimen, al asesinato, a los cuerpos mutilados, a la tortura, a las masacres, a los holocaustos, a todos los horrores que ya sabemos, cuando leemos a Sade nos impacta tan profundamente, si eso ya lo conocemos; es parte de la historia de la humanidad -Sade no sólo habla de sexo, habla de asesinatos y de cosas horrendas, como el final de La filosofía… que después les voy a contar-.

Acá también nos acercamos a Lacan, en el seminario La ética del psicoanálisis, donde habla de Sade, acercando a Sade y a Kant; y también habla mucho del goce que nos habita, y al que le tenemos horror, y que colocamos afuera. ALB dice algo así: Sade nos provoca eso porque nos lleva a un lugar del que no queremos saber nada, y que no queremos ver, que es la criminalidad que nos habita. Frente a los crímenes de la humanidad, todos los que no somos criminales y rechazamos la guerra, la tortura, etc., damos justificaciones ideológicas de esos horrores que han ocurrido históricamente. Como una opción ideológica aberrante que yo no elijo, es del otro. ¿Qué nos muestra Sade? Que eso no es del otro, que eso me habita, es lo que Lacan llama “núcleo intolerable de goce”; dice que el hombre se acera a un “centro incandescente que es psíquicamente irrespirable”. Muy parecido a lo que nos dice ALB de a dónde nos lleva Sade y de por qué lo rechazamos, por qué no queremos ir ahí.

La filosofía… termina con que Eugenia, que es la joven corrompida por los libertinos, hace violar a su propia madre por un lacayo sifilítico y después le hace coser todos sus orificios para que la peste no escape y la mate. Es horroroso. Lacan termina el escrito que hubiese sido prefacio de esta obra diciendo: “violada y cosida, la madre sigue estando prohibida”. Claro, hay que conocer todo esto para saber de qué está hablando. Pero yo interpreto esa frase en el sentido de que la castración está operando y estamos dentro del fantasma y del goce fálico. Eso es lo que Lacan destaca: que a pesar del desenfreno, del exceso, porque hay una ética del exceso en Sade, sigue estando dentro de los límites de la prohibición que impone lo que llamamos la castración en psicoanálisis.

Sade tiene una obra perversa pero él no es un perverso, en su vida es un neurótico. Lacan nos dice que el fantasma perverso queda confinado en su obra, y en su vida pasa más allá de los límites de ese fantasma. Entonces, cuando escribe el segundo matema de Kant con Sade, ya no es el del fantasma perverso; el primer matema es el del fantasma perverso. El segundo es el matema de la vida de Sade y ahí el fantasma perverso ya no opera, escribe Lacan. Cuando Sade está encerrado en el asilo de Charenton, puede ver la guillotina desde una ventana, y las ejecuciones, y escribe: “ese espectáculo me ha hecho mas daño que todas las Bastillas imaginables”; lo horroriza, y se opone públicamente a la pena de muerte, en una época en la que era riesgoso oponerse.

No es lo mismo la obra que escribirla, dice ALB. Pienso: un hombre que está encarcelado en unas condiciones horribles, en soledad, porque no dejan que su mujer lo vaya a ver, con dolor, que escribe durante treinta y siete días sin parar un libro a escondidas, eso es vocación. Por otro lado hay una cosa muy interesante en su biografía, que es que Sade era un apasionado del teatro; escribió varias obras teatrales y además las hizo poner en escena, gatstó un montón en alquilar salas de teatro, y cuando estaba encerrado en Charenton las hizo interpretar por sus compañeros de asilo. Ahora bien, sus obras de teatro no son como las novelas de las que estamos hablando, no tienen nada escandaloso; muestran la vida de aristócrata que él fue. Cuando era joven era un joven correcto, buen hijo, buen esposo, buen amante; y además tenía, y esto se ve en las obras de teatro, una visión ingenua de las relaciones. Es el mismo Sade, aunque parezca mentira.

Y después, cuando escribe esas novelas espantosas, lo teatral está muy trasladado a ellas; tiene mucho sentido de la puesta en escena en las novelas, y del arte del diálogo. Al comienzo de Los 120 días… describe el castillo en el cual tienen lugar los actos de los libertinos; es el castillo de Silling que está en lo alto de una montaña. Para llegar ahí los caminos son intransitables, escribe, luego uno se topa con acantilados, luego unos peñascos altísimos -van a ver la exageración-; después de los peñascos viene un muro gigante que tapa el castillo, después del muro un foso de aguas muy profundas, después del foso un cercado y finalmente viene el castillo. Cuando entran al castillo, además, los libertinos hacen tapiar todas las puertas y las ventanas, y se quedan adentro. Toda esta hipérbole es un marco teatral por una parte, y forma parte de esa estética del exceso propia de sade. Que, hasta cierto punto, es bastante infantil; junto con toda la cosa horrorosa, hay, en el fondo, un armado infantil.

Dice ALB que la dificultad para acceder al castillo no se explica por la necesidad de que lo que ocurre ahí sea secreto, acá hay otra cosa Por ejemplo, referido al exceso: otras dos de sus obras que no mencioné son, por un lado Juliette, que era la más corrompida de todas, había nacido para el placer y probó de todo en su vida; y tenía una hermana -es la otra novela- llamada Justine (Lacan le puso ese nombre a su perra por la heroína de Sade) que era la hermana buena, virtuosa, que desea conservar todos los valores de honradez, caridad, pudor, todo lo que en Juliette es demolido. Ahora bien, en Juliette están todos los excesos y en Justine también, porque queriendo resistirse al exceso se excede en resistirse, y eso la lleva a los peores estragos; por ejemplo, por no delatar se vuelve mentirosa; por respetar la religión se deja violar por un cura; cosas así. Su vida es un espanto desde que nace hasta que se muere mientras su hermana tira la chancleta de todas las maneras que puede. Ahí también hay bastante sentido del humor y cierta puerilidad.

ALB dice que Juliette es un cuento de hadas, sólo que a diferencia de nuestros cuentos de hadas no hace trampas, porque no termina antes. Nuestros cuentos de hadas terminan en “y fueron felices y comieron perdices”, en cambio Juliette sigue y sigue hasta que el deseo saciado vuelve feroz a rondar. Porque Sade tiene ese sentido de la ferocidad del deseo, de que no se termina nunca; por eso su lectura se vuelve monótona y por eso se repite, porque el deseo saciado vuelve a surgir con ferocidad. Y eso sucede, dice nuestra autora, en el cuento de hadas que es Juliette.

Habla no solamente de cuentos de hadas sino de poética, hay una poética en Sade muy particular.

Volvamos a Lacan. Ya vimos que la originalidad de su escrito no estriba en acercar a Kant y Sade. Los puntos originales son: abolir el término sadismo, porque como categoría psicopatológica, no es Sade su representante; porque en su vida sus excesos son moderados y además tiene gestos filantrópicos, se opone a la pena de muerte -cosa esta última que destacan fuertemente tanto Lacan como ALB; y porque en su pensamiento hay una arquitectura digna de detenerse en ella, siempre y cuando atravesemos el horror, el asco, el rechazo al impudor y a la apología del crimen. Hay algo destacable en Sade que es la necesidad de orden; los excesos gozosos son desenfrenados y parecen no tener límites, pero están puestos dentro de un orden. Esto quiere decir, por ejemplo, que antes de comenzar con las prácticas sexuales se dice cómo deben estar dispuestos los cuerpos, su localización en la escena. Hay una búsqueda de una sintaxis, de una gramática, de un método. Y esto ya es una armazón lógica dentro de la cual se colocan los crímenes y los excesos sexuales

En ese prefacio Lacan también critica, sin llamarla así, lo que llama en otros lugares “la pastoral psicoanalítica”. Se opone a un psicoanálisis psicologizado, por eso dice que el término sadismo es un error, porque está armado con el apellido del Marqués, pero Sade no es un sádico; y también, y esto es importante, porque a Sade se lo colocó, después de la muerte de Freud, en una lista con los catalogadores de perversiones, Kraft-Ebing, Havelock Ellis, y el propio Freud que hizo un catálogo de las perversiones. Lacan rechaza esto porque a su juicio Sade no es un catalogador de perversiones, no describe prácticas perversas con objetividad científica. Cuando uno lee un catálogo no siente lo que siente cuando lee a Sade, es otra cosa completamente diferente. Colocarlo en esa lista es una tontería, dice Lacan.

Algunos detelles biográficos: Sade es detenido por algunas conductas escandalosas para la época, pero además es retenido en la cárcel por su suegra, que al principio era afín a él y luego se volvió su enemiga. Una suegra que era un personaje con poder y que hizo lo posible y lo imposible para que Sade no obtuviera la libertad, por eso estuvo tantos años preso. Su hija, la esposa de Sade, era todo lo contrario; era totalmente leal a su marido e hizo todo lo que pudo, y muchas veces lo logró, para sacarlo de los encierros, de las detenciones. Esto es, estamos hablando de la aristocracia, hablar con gente poderosa, etc.

Hay una película vieja Letras prohibidas. Una escena muestra a la esposa yendo a visitarlo a la prisión de la Bastilla, y llevándose las sábanas en las que está escrito con letra chiquitita Los 120 días de Sodoma.

No se sabe bien, dice Allouch, por qué a Lacan le rechazaron el prefacio. Está bien que era un época muy particular, el ‘63, cuando a Lacan lo estaban espiando, se había armado el Comité Turquet para sacarlo de la IPA; les preguntaban a sus pacientes si era cierto que hacía sesiones cortas, etc., todo lo que culmina con la excomunión del ‘64. No sabemos si el rechazo del prefacio tuvo que ver con eso. Roudinesco dice en la biografía que se lo rechazaron porque era muy hermético y difícil de comprender, lo cual es cierto pero todo el mundo sabía que Lacan escribía así; es raro, dice Allouch. Allouch tiene una conjetura, que es eso, una conjetura y nada más: que probablemente le rechazaron el prefacio porque él escribía como un literato en él, que se hubiera esperado que escribiera como un psicoanalista de los de la época -de los que Lacan critica-, y presentara un análisis psicológico de Sade. Pero Lacan no hace eso.

Los otros autores de los prefacios eran Jean Paulhan, Blanchot y otros, todos escritores menos Lacan que es psicoanalista.

Además de rechazar el término sadismo como categoría psicopatológica, Lacan no dice nunca el término ”perversión”, o lo dice una sola vez pero aludiendo de costado, ni tampoco pulsión perversa o pulsión sexual; habla sí del fantasma, del objeto, del deseo, del placer, del goce, pero no de perversión.

Respecto de esto quisiera decir que nosotros tenemos la famosa lista freudiana, neurosis – perversión-psicosis; ya fue recusada por Allouch hace muchos años; lo que se objetaba era poner a la perversión a la misma altura que las neurosis y las psicosis. Pero por otro lado el término también es problemático y no nos conviene, porque es ambiguo, está entre lo moral y lo psicopatológico y ninguna de las dos connotaciones le conviene al psicoanálisis. Lo psicopatológico no, porque está en contradicción con que la sexualidad misma es perversa, ese fue el descubrimiento de Freud; la sexualidad hablante es desviada, variada, múltiple, polimorfa, parcial en cuanto a su objeto y a la zona erógena; no es “natural”, y mucho menos instintiva. Es una sexualidad perversa, en el sentido de desviada. Ni tampoco, por supuesto, nos conviene el sentido moral del adjetivo perverso porque el psicoanálisis pretende no ser normativo, aunque sabemos que hay mucho psicoanálisis normativo todavía en vigencia, lamentablemente.

Y además, y creo que Lacan lo hace con toda intención, cuando rompe la palabra y hace père- version, hacia el padre o versión-padre, termina de hacer esa operación de sacar a la perversión de lo psicopatológico; no porque no existan los perversos y no los consideremos “patológicos”, sino para romper la nosología y pensarlo de otra manera. Cuando Lacan fabrica ese neologismo, que suena igual que “perversión” pero incluye a “padre”, ya está diciendo otra cosa. No está describiendo a un individuo que tiene prácticas raras, sino que nos está describiendo a todos. Père-version describe un devenir de todos nosotros como hablantes, que es lo que trabaja en R.S.I. y Le sinthome cuando agrega el cuarto nudo y dice que es el nombre-del-padre. Entonces pasa de la categoría psicopatológica al nombre-del-padre, que es lo que anuda la estructura; que es un uso mucho más general y que hace a las relaciones entre la sexualidad y el lenguaje. El lenguaje marca el cuerpo y desvía la sexualidad para siempre, no se puede reconducir esa sexualidad.

En el seminario 7 que ya les mencioné, Lacan dice dos cositas, que están en las clases de marzo y de abril del ‘60. En marzo dice que Sade, como teórico del erotismo, es pobre; pero que en el tema de la ética dijo cosas muy importantes, y por eso, dice, les voy a hablar de Kant, y comienza a hacer la comparación entre ambos. Porque Kant habla de que la regla de conducta es universal y es una sola; está loco Kant, es mi opinión personal, diez veces más loco que Sade. Habla de máxima de la acción y de regla universal. Todos nosotros, cuando tenemos que decidir qué hacer, qué conducta seguir, tenemos que pensar lo mismo, porque la regla es una. Kant nos dice que para poder decidir qué es lo correcto en cada caso, hay que despojar a la decisión de todo lo patológico; lo patológico no es lo enfermo, sino en la terminología de Kant es lo que tiene que ver con pathos, con lo que se padece, los afectos, los sentimientos; todo eso no debe entrar en juego cuando se decide cuál es la conducta correcta. O sea que Kant, al revés de Sade, despoja totalmente de cuerpo al pensamiento. Pretende hacerlo, pero es imposible.

Lacan, en el seminario 7, desarma rápidamente dos apólogos que presenta Kant, dos ejemplos de cómo decidir la conducta a seguir. Usa dos términos, uno de los cuales también usa Sade y Lacan le adosa el otro; uno es “máxima”, y otro es “voluntad”. La máxima de Kant dice: obra de tal modo que la máxima de tu voluntad pueda ser en todo caso el principio de una legislación universal. Y Lacan cree encontrar una máxima en Sade; nunca dijo tener una máxima que es la del derecho al goce, pero Lacan la extrae de diversos lugares donde dijo algo parecido, sobre todo en Juliette. Allí dice, y Lacan lo considera una máxima, para acercarlo a Kant: tengo derecho a gozar de una parte de tu cuerpo -puede decirme cualquiera- y nada me detendrá en el capricho de las exacciones que me venga en gana saciar. Osea, yo te puedo hacer cualquier cosa y vos me podés hacer cualquier cosa a mí, esa es la máxima del derecho al goce. Las dos máximas son igualmente imposibles; son imaginarias.

Preguntas y comentarios

-Sandra B.: Le Brun conoce la obra de Lacan?

Lo que yo deduje es que no conoce la obra de Lacan; lo menciona una sola vez para decir, en dos renglones, que Lacan acercó a Kant y Sade con mucha pertinencia, pero que es de lamentar que se haya referido a una sola obra, que es La filosofía… Lo dice porque claramente ignora Kant con Sade estaba escrito para servir de prefacio a ese libro. Y considera que el libro más importante de Sade es Los 120 días… Aunque seguramente Lacan la conocía a ella porque estaba muy cerca del surrealismo.

-Carlos R.:Lo que más me interesó fue lo de inyectar cuerpo en el pensamiento; es algo que tenemos siempre como un desafío, cada tanto se cruzan cosas que uno trata de pescar, por ejemplo cuando Lacan dice “pensar con los pies”. Pero también pensar en el diván, imposible no pensar en esa suspensión de la motricidad que favorece la asociación libre…

Sí, y si me permitís, el efecto de lo que llamamos interpretación, que es en el cuerpo; el efecto que tiene la palabra en el cuerpo. Son indisociables.

-Carlos R.: y la cama como lugar del dormir y del sexo, pero también de esos pensamientos nocturnos que surgen cuando uno está despierto y piensa, cómo son totalmente locos y distintos a los que uno tiene cuando se levanta. Cómo esa situación corporal afecta a los pensamientos, a la imaginación, a las fantasías, a las asociaciones.

Hay como una restricción, hasta el momento, del pensar como queriendo despojarse todo el tiempo del cuerpo, de lo corporal en sentido ampio, para poder responder a ese ideal de objetividad que tiene la ciencia. Y pienso que eso lo empobrece, empobrece la discursividad y el pensamiento.

-Sandra B.:Sigue siendo un término polémico el de goce, está unido a una categoría moral; se habla mucho de la responsabilidad subjetiva, y parece que una vez que el analista puede interpretar cómo goza ese paciente, viene ahí como un reto. O se comenta “no se hace responsable de su propio goce”, como si el goce fuera de un individuo, de una persona en particular, y ese no es nuestro sujeto. Pensamos en un sujeto en inmixión de otredad, y el que goza es el Otro.

Para mí es la gran confusión o desviación en gran parte del psicoanálisis actual, cuando se atribuye el goce a una persona, cuando el goce ni siquiera se intelige, se presenta de modo material en un espacio sensible que es el cuerpo. No se me ocurriría armar ninguna intervención, hablando con un analizante, que usara la palabra goce, por eso mismo; porque no se puede hacer una intelección del goce. Aparece o no aparece, y siempre es el goce fálico, no el goce del Otro. Pero mucho menos usarlo en un sentido moral para acusar a alguien de que goza mucho, por ejemplo.

-Sandra B.: como si fuera cuantificable.

-Celia M.: pensaba mientras hablaban que tiene una similitud con esto, poner en la persona de Sade el goce; poder separar la persona de lo que escribe tiene que ver con esto. No es lo mismo. Lo responsabilizan a Sade de ser perverso y en realidad tiene que ver con esa estructura de lo que él escribe. No es responsable su persona de lo que hace el personaje.

Es más, recibe el nombre freudiano de sublimación, como toda obra, que seria lo opuesto al goce directo, masturbatorio. Aunque no sé si se puede pensar en alguna forma de gozar sin sublimar, yo a esta altura creo que no; pero es una obra!

-Celia M.: claro, una escena que él escribe, que tiene un orden, una lógica…

Tiene lógica, tiene puesta en escena, tiene orden, tiene método.

-Celia M.: cuando vos hablabas del efecto que produce la lectura me acordaba del efecto de ese escrito “Siete veces en la punta de la lengua”, que mientras leía comía; y ese escrito tiene efectos en el cuerpo.

Sí, J.L. Sous se preguntaba eso, ¿cómo se relacionan leer una tesis -estaba leyendo una tesis- y al mismo tiempo comer con hambre?

-Celia M.: para mí fue revelador ese texto.

Es increíblemente logrado. Es la transcripción de una conferencia. Toda la conferencia muestra cómo lo pulsional se mezcla al lenguaje; va haciendo juegos de palabras, como hace Lacan, pero hasta te diría mejor que Lacan, porque va mostrando qué mecanismo fisiológico o pulsional mejor dicho está involucrado en cada cosa que dice. Empieza con esto de comer y leer, pero después sigue.

-Contanza R.: esta charla a mí me ha servido como medida para introducirme en el tema, sabía sólo los títulos y me generó curiosidad para ir a ver los libros mismos, y lo que más me llamó la atentención fue lo que ya comentaron los compañeros, toda la parte de la conexión con el cuerpo y la libido; pensando en la clínica.

Cuando encontrás un autor que te trastoca los modos habituales de pensar, si tenemos suerte de tanto en tanto encontramos uno, esto se traslada inmediatamente a la práctica de todos los días. Porque creo que el psicoanálisis pide continuamente, y no siempre lo logra, despertarse. Despertarse quiere decir dejar la comodidad de lo ya sabido, que te adormece, que practicás más o menos siempre de la misma manera, que ya sabés lo que tenés que esperar. No funciona, así; de tanto en tanto hay que pegar una sacudida, despertarse, dar vuelta alguna categoría demasiado conocida, probar otras… Y bueno, hay algunos pensadores -yo creo que Sade es más que un escritor, creo que es un pensador, que merece ese título- cada tanto hay un pensador, Lacan fue uno además, que te sacude y te despierta, te hace cambiar los paradigmas habituales, te incomoda.

-Celia M.: Una pregunta, qué sería eso del “panfleto dentro del panfleto”? Se me venía la idea de que quizá había una denuncia en ese escrito, si la posición de Sade es neurótica. Quizá el rechazo, el asco que produce lo que él escribía que sería del orden de la razón o de la moral, tenga que ver con escribir eso como diciendo que todos somos iguales, nadie escapa del núcleo de goce, también hacia quienes lo encerraban.

Lacan inventa esta expresión “panfleto dentro del panfleto” porque afirma que La filosofía… es un panfleto; un panfleto es una denuncia como vos dijiste, una demuncia revulsiva, política; hay un gesto político en el cuerpo de la novela que consiste en prácticas sexuales y disertaciones teóricas, y hay también otro gesto más abiertamente político en el panfleto que está en el interior de ese panfleto, un alegato como se lo llama, que es Franceses un esfuerzo más…. Este alegato tiene unas 40 páginas, en las que repite e insiste en que hay que matar a todos los curas, en que la religión es una mierda; que Dios es un “aborto execrable”, las palabras son terribles. Lo que más resalta es la insistencia; no es que dice tres veces la idea, la dice cuarenta veces. Y no logra nada, porque la revolución francesa no tuvo como consecuencia en absoluto terminar con la religión católica, que parece eterna, ni mucho menos con Dios. Él se la agarra con Dios pero también con el cura, fuertemente.

-Alejandra H.: me pareció muy interesante cómo pensar la clínica de la particularidad a la singularidad; parece sencillo pero no lo es. También me lleva a pensar en el concepto de cuerpo, de qué cuerpo hablamos. Cuando vos decías esto de inyectar la libido en el pensamiento, porque a veces aparece esto del blabla, demasiado, en la práctica con pacientes, o analizantes más bien; poder esclarecer de qué singularidad hablamos para pensar el cuerpo de otra manera, para darle apertura al inconsciente de ese modo. Si no nos quedamos en ese blabla o en ese concepto de goce como para todos; creo que Sade nos muestra un poco esto.

-Leticia H.: a mí todo el tiempo me llevó a mi práctica como psicoanalista en la cárcel, donde hay un montón de gente con delitos sexuales y demás, y que además está totalmente atravesado no sólo por la ley sino por el discurso moral; incluso con colegas, que se hace tan difícil poder pensar en deslindar esto de las estructuras; neurosis-psicosis-perversión, después de tantos años a mí me pasa al revés, no me aclara nada. Cómo hacer encajar a esa persona que yo escucho, en la perversión no encaja, y en la psicosis a veces tampoco; me complica mucho más tener que pensarlo así. Y tan atravesado por lo moral.

Se le pide al entrevistador que ponga en su informe al juez si el delincuente está o no arrepentido de lo que hizo, no?

-Total. O peor, me pasa de leer informes en los que se habla del goce, así con una liviandad… No lo traigo para compartir una crítica nada más, sino: cómo posicionarte de otra manera, es lo que me hace a mí pregunta. Comparto la idea de salirnos de las estructuras y de la nosología, pero me pregunto entonces cómo posicionarme. Por un lado eso, y por otro, desde que ví “Sade” en el título pensé ¿va a hablar de la actualidad Patricia? ¿va a hablar de la crueldad? En relación a cosas que estamos viviendo.

Ni se me ocurrió, pero podría haber sido. Me olvidé de decirles algo, que yo creo -pero esto es una conclusión personal de lo que leí, no lo encontré en ninguno de los textos dicho así- que lo que la lectura de Sade provoca es angustia. Pero angustia en el sentido restringido que tiene para nosotros, que es difícil de asir, y raro de sentir. Creo que la angustia es lo que va subtendiendo todos los otros sentimientos, de rechazo, de repugnancia, de horror, de excitación. La angustia es el afecto de lo real según Lacan; Sade se acerca tanto como puede a eso que Lacan llama en La ética… lo “psíquicamente irrespirable”, que es el núcleo de goce que nos habita. Fíjense hasta qué punto no se puede hablar de goce livianamente, como si supiéramos lo que es, porque además se lo vuelve sinónimo de placer.

-Karina C.: esto que estábas diciendo del núcleo de goce que nos habita, te quería preguntar si está en conexión con lo que Freud nombra como “el núcleo de nuestro ser”; dice que es un querer que hay en mí, totalmente inconsciente, esto que nos horroriza.

Puede ser, Freud habla del mandamiento de amor al prójimo como de un imposible, y Lacan lo toma en La ética… Es imposible por que en el prójimo me topo con ese vacío que me habita a mí. En Lacan es lo real que no pasa al espejo, cuando hace su esquema óptico para el estadio del espejo. Dice que el cuerpo fragmentado pasa al espejo unificado, y se forma el yo. Y hay una sola cosa que no pasa al espejo, es eso; ese núcleo intolerable de goce que nos habita; lo que no se simboliza.

-Celia M.: pensaba que el relato de Sade intenta, con las dos hermanas y la cuestión del exceso, negar la castración.

Sí, me hacés acordar de algo importante. Los personajes de Sade, y uno de ellos es Juliette, que es la hermana viciosa, dicen algo así como “lo que imagino es superior a mis medios”; como que la puesta en escena de la fantasía siempre se queda corta.

-Celia M.: marca el imposible…

Marca el imposible; y marca que permanece en los límites del goce fálico, porque se queda corta.

Leticia H.: por otro lado la angustia como totalmente distinta, porque hablábamos de asco, de rechazo, pero a veces es al revés, en vez de rechazo y asco habrá más ganas de ver; pero es al revés y es lo mismo, pero es bien distinto de la angustia.

Claro. Además son cosas contradictorias al mismo tiempo.

-Leticia H.: como lo morbo de ver, no sé, un descuartizamiento, o puede haber rechazo, pero ninguno de los dos es angustia.

Ninguno de los dos es angustia, exactamente.

(Transcripción de la charla dada en Psicoanálisis textual el 27 de abril de 2024)





lunes, 28 de marzo de 2022

HAMLET
La teoría lacaniana del duelo

  
 
Todos, espectadores, críticos literarios y teatrales y psicoanalistas se preguntan por qué el príncipe Hamlet no actúa, en el sentido de llevar a cabo la venganza que le ordenó el espectro de su padre muerto. Lo que Freud dice, brevemente, aplicando como a todo su grilla edípica, y dado que en Hamlet también hay un crimen original que es el asesinato del padre (lo que lo iguala al drama de Sófocles), es que vacila y pospone su acto porque en lo inconsciente está el deseo de matar a su padre y acostarse con su madre; por lo que el acto criminal de Claudio reaviva su propio deseo reprimido, y matarlo sería entonces matarse a sí mismo. Esta es la interpretación psicológica que Lacan rechaza, no solamente por psicológica sino porque del Edipo freudiano prefiere retener el complejo de castración (de mucha importancia para el análisis de Hamlet) y no la imaginería de la rivalidad, del amor y del sexo.
Puestos a hablar del edipo como constitutivo Lacan prefiere a Tótem y tabú, a Hamlet y a Moisés y el monoteísmo, pero sobre todo al primero, como más revelador de la estructura que el Edipo de Sófocles. 
Freud hace un comentario sobre Hamlet en la Interpretación de los sueños, en 1900, cuando introduce su Complejo de Edipo; Lacan lo cita largamente en su sexto seminario, El deseo y su interpretación y dice que es cierto que hay un crimen original en ambos pero que hay diferencias entre el edipo que está contenido en Sófocles y el que está contenido en Hamlet, diferencias  que son de enorme importancia. 
Son dos básicamente: la primera es el saber y el no saber: Edipo es inconsciente de su acto; él mata inocentemente al que no sabía que era su padre, y que no era su padre en realidad: si nos atenemos a la tragedia, el padre de Edipo era Pólibo, el que lo adoptó, lo crió y lo amó; no el progenitor biológico que se deshizo de él cuando era un bebé. Entonces podemos preguntarnos: ¿verdaderamente Edipo mató a su padre cuando se cruzó con Layo? 
No, él se escapó de la ciudad en la que vivía y se fue a Tebas porque había escuchado que el oráculo predijo que iba a matar a su padre. Quiso entonces salvar de sí mismo a Pólibo y mató a un viejo que resulta que era el rey y que se le cruzó en el camino, cuyo sirviente le ordenó a Edipo que se apartara y mató a su caballo porque no se apartó lo suficientemente rápido, de resultas de lo cual Edipo mató al sirviente y al viejo. Luego accede al trono cuando ya es un héroe, y desposa a la mujer que no sabe que es su madre y tiene hijos con ella. Entonces el no saber y la inocencia es algo que Lacan destaca fuertemente, porque la castración viene al final de la tragedia, cuando Edipo comienza a saber; cuando tiene sed de verdad, y la verdad lo conduce a su propia caída y a su propia ruina. 
Pero más allá de la tragedia que es elevada a la función de un mito, esa castración es la que se transmite de padres a hijos, es decir lo que ocurre si todo sale bien; el neurótico puede apelar al padre como si fuera un ser excepcional no castrado, lo quiere como el autor de la ley y el garante de la verdad; pero no es ninguna de esas cosas, el padre desde el inicio es A barrado. Solo que recién al final de la tragedia de Edipo se revela como tal. Todo esto para diferenciarlo de Hamlet, retengamos por el momento. Pero esto es lo que garantiza, como decíamos, la transmisión de la castración a través de las generaciones. Garantiza que no hay un padre no castrado. Sabemos que las cosas se complican cuando un progenitor, un papá, se presenta como no castrado.
Bueno, resulta que en Hamlet todos saben. El padre sabe (que lo mataron, quién lo mató y por qué), y Hamlet hijo sabe. El espectro se presenta para decirle que no murió en su jardín, picado por una serpiente como se dijo, sino que su hermano Claudio le vertió un veneno en la oreja mientras estaba durmiendo, y Lacan se ríe un poco de esto de la oreja y del veneno pero así está contado. La cuestión es que este saber de entrada hace toda la diferencia con Edipo.
Pero hay otra diferencia de mucho peso, que es la siguiente: mientras que para Freud lo importante del Complejo de Edipo es el deseo por la madre como objeto sexual y como objeto de amor; para Lacan no. Para Lacan lo importante, y es lo que logra situar en Hamlet, es el deseo de la madre. La madre de Hamlet es una mujer que se presenta con un deseo problemático para su hijo; es un deseo insaciable, voraz; Lacan nos dice que es del orden del engullimiento, esto nos suena a goce: cuando el deseo del Otro vira peligrosamente al goce, el deseo del sujeto, que se modela sobre el deseo del Otro, está obstaculizado; es el momento máximo de la angustia. 
Y el personaje de Gertrudis es presentado así, a los dos meses de la muerte de su marido se casa con Claudio, y por lo tanto Claudio accede al trono que hubiera debido ser para el príncipe Hamlet. Hay mucho despojo ahí: al rey Hamlet lo despojan de su vida, de su trono, de su mujer, y al príncipe lo despojan de su padre, del poder… y encima su madre no hace el duelo. Y aquí empezamos con la problemática del duelo. Hay una frase célebre sumamente elocuente, que Hamlet le dice a su amigo Horacio: “Economía Horacio, economía, las carnes que sobraron del funeral se sirvieron frías en la mesa de la boda”. Entonces, hay un duelo que está salteado ahí, ya es un problema.
Hamlet es una obra que tiene unos llamados pre-Hamlet, que son: una leyenda muy antigua, del siglo XII, escrita por Saxo Grammaticus -historiador danés que escribe sobre el medioevo en Dinamarca-, la leyenda del príncipe Amled; esto  es retomado cuatro o cinco siglos después por un escritor francés, Belleforest, quien hace un primer Hamlet; por la misma época un dramaturgo inglés hace un primer borrador de la pieza teatral, y luego viene Shakespeare que cambia algunas cosas que según Lacan son fundamentales para que la obra tenga la resonancia que tiene y que seguirá teniendo en el mundo literario y en el mundo del teatro. Por ejemplo, lo que hace con el personaje de Ofelia y algunas escenas que son de su cosecha y que no estaban en los pre-Hamlet. Fue estrenada por primera vez en 1601, en Londres, y desde entonces cada vez que se estrena, nos recuerda, es un acontecimiento y además interpretar a este personaje es muy importante en la carrera de un actor. Y, cosa curiosa, no hay actor que lo interprete mal; cada uno a su manera, de modo que hay tantos Hamlet como actores que lo interpretan.
Porque es la tragedia del deseo, la que nos va a ayudar a los psicoanalistas entender qué es el deseo; y como espectadores, cada uno es atrapado por la representación porque la obra es como una red que captura el deseo. Hay que aclarar que esto llega a su grado de perfección más alto en el idioma inglés, porque si ese poema es traducido pierde impacto, pierde la contundencia que tienen esos versos. En particular porque Hamlet, a lo largo de toda la obra, mientras da vueltas, vacila, pospone, finge estar loco; y su manera de fingirlo es hacer equívocos, jugar con las resonancias de la lengua, tomar al vuelo lo que se le dice y convertirlo en un juego de palabras; hace, dice Lacan, lo que hacían los llamados locos de la corte que eran los bufones, que tenían un papel muy importante, porque con este hablar preciosista y equívoco largaban verdades que nadie se animaba a decir y les estaba permitido.
 Es un uso del lenguaje que privilegia la relación de los significantes entre sí, dejando de lado la dimensión semántica. Esto no le puede pasar inadvertido a Lacan, porque es la retórica propia del inconsciente, y lo destaca.
Hay un poeta y crítico literario especialista en Shakespeare, Ives Bonnefoy, que murió en 2016, que escribió en 2015 un libro llamado “La vacilación de Hamlet y la decisión de Shakespeare”. Con la vacilación de Hamlet, sabemos a qué se refiere, a su procrastinación; y con la decisión de Shakespeare se refiere a una elección por cierto tipo de poesía. ¿Cuál? La que privilegia la dimensión del significante: los juegos de palabras, los equívocos, la palabra de ingenio, todo lo que es formación del inconsciente diríamos nosotros; es un modo de poesía entre otros y este poeta dice que Shakespeare, en el siglo XVII elige, se inclina, por ese tipo de poesía y él lo destaca. 
Lo curioso es que no menciona ni una vez a Lacan en su libro, y sin embargo Lacan dice exactamente lo mismo en 1959, y es más: dice que si a la obra le quitamos la parte equívoca, preciosista, de calambures, de juegos retóricos, recortamos el ochenta por ciento de la pieza, ni más ni menos. Con lo cual destaca la importancia que tiene este aspecto de la poesía en Shakespeare.
Siguiendo con el asunto del duelo, me voy a adelantar un poco a la conclusión de lo que Lacan desgrana en las siete clases dedicadas a Hamlet en el seminario El deseo y su interpretación. Qué es lo nuevo que dice Lacan acerca del duelo frente a la pobre versión freudiana presente en duelo y melancolía, pobre porque es solamente una versión, no una teoría ni una doctrina, señala un par de cosas que pasan con la libido y omite muchas, por ejemplo la cuestión del ritual y su función, etc. 
Lo que personalmente interpreto de lo que Lacan dice es que habría un duelo constitutivo, aunque él no lo exprese así, que sería la matriz de todos los duelos posteriores en la vida; ese duelo constitutivo es el duelo por el falo. Dice que cuando Freud, en 1924, escribe La declinación del Complejo de Edipo, destaca que el niño o niña abandonan el Complejo de Edipo por la amenaza de castración, y deben hacer un duelo por el falo. Lacan extrae la lógica de esto, para Freud el falo es el pene, para Lacan no. Y dice que el duelo intrínseco a la neurosis es una consecuencia de la renuncia a ser el falo (a serlo, no a tenerlo). Esto tiene mucho que ver con la represión primordial, ese inconsciente estrictamente inconsciente, ese núcleo de no saber que jamás será levantado y que es el no saber acerca de la muerte.
Eso es lo que hubiera debido quedar oculto para Hamlet, y quedó al descubierto, se levantó el velo, cosa que no puede ocurrir; es un imposible. Por eso Hamlet tiene estructura de mito, porque muestra en acto algo que es imposible; lo mismo que el Edipo de Sófocles, que muestra la relación sexual que no hay, disfrazada con la imaginería del incesto.
Hay que recordar que Lacan viene de analizar, a su manera, ese sueño freudiano que reza “él no sabía que estaba muerto”, que es ejemplar. De una manera tan breve como es su texto, lo que muestra es que el no saber no es el del semejante muerto, del objeto de amor perdido, sino el del propio sujeto que sueña; esa es la represión primordial. El hecho de que la muerte esté en el centro de la vida hablante desde el nacimiento, y no al final de una carrera biológica, es lo primariamente reprimido. Es así como Lacan analiza ese sueño freudiano; en cambio Freud analiza ese sueño de acuerdo al esquema edípico como el deseo infantil de querer matar al padre y acostarse con la madre, y así agrega al texto del sueño que cuenta el soñante, unas cláusulas: el soñante dice “mi papá estaba ahí y me hablaba como siempre, sólo que estaba muerto y no lo sabía”, y Freud agrega: “según su anhelo”, anhelo de muerte.
 En cambio Lacan destaca que como lo inconsciente no puede decirse en primera persona, cuando el relato dice “él no sabía”, se refiere al propio soñante como sujeto del inconsciente que no sabe que está muerto, y que como acaba de sufrir una pérdida y está de duelo, se encuentra muy cerca, sin alcanzarlo jamás, de ese saber sobre la muerte. Es lo que ocurre cada vez que muere o se pierde algo o alguien importante; muchos fenómenos que ocurren en un duelo, incluso alucinatorios, tienen que ver con la cercanía de ese real del que no se puede saber nada; y después hay todo un aparato, que constituye el duelo mismo, de manera parecida a lo que ocurre en la psicosis; es la puesta en juego de toda la maquinaria significante que va a tratar de bordar y de cubrir ese cráter que se abrió en la realidad, ese agujero real que dejó el objeto que se perdió o que se murió.
Lo compara al trabajo del delirio, y también dice que los rituales que en la era moderna se han perdido bastante también tienen esa función. Todo el aparato significante, su puesta en juego masiva, nunca va a alcanzar a cubrir el agujero dejado por la pérdida; pero va a reparar ¿qué? El fantasma, que es lo que vaciló, lo que tembló, cuyo marco se desestructuró. Esto ocurre en cada pérdida, y el duelo tiene como función volver a armarlo, pero de otra manera. Porque otra cosa muy importante es que el duelo es subjetivante, es un acto y por lo tanto el sujeto sale cambiado, y el fantasma sale retocado.
En el caso de Hamlet, él tiene un doble obstáculo: uno es el mandato superyoico de su padre; no es su padre sino su espectro, que para colmo viene de ultratumba y le cuenta que habita en el infierno, y que lo que vive es tan abominable que no se lo puede relatar. Un rey que era ejemplar, sumamente idealizado, y ese es otro problema con el que carga Hamlet, la idealización que hace de su padre; era el más perfecto, el más excelso, el mejor padre, el mejor rey y el mejor marido, amaba a su esposa. Hay que detenerse en eso porque cuando habla de Claudio es totalmente lo inverso: es el más bajo, el más abyecto, es una porquería, es un pervertido; hace pensar en el revés y el derecho de una misma cosa que le hace obstáculo a Hamlet. 
Y resulta que ese padre -es un argumento un poco débil, pero se trata de una ficción- le dice que como estaba durmiendo cuando lo encontró la muerte, como ella fue tan disruptiva, no se le permitió arreglar sus asuntos en la tierra, o pedir perdón por sus pecados, o qué sé yo; dice que lo mataron en la flor de sus pecados y por eso se fue al infierno. Uno creería que si era tan bueno y para colmo lo mataron, se podría haber ido como mínimo al purgatorio, pero no: está en el infierno. También podemos pensar que el espectro no es el padre, sino el producto de esa desestructuración del fantasma que sufre Hamlet por los acontecimientos.
Entonces está bajo la presión de ese mandato superyoico de venganza, mandato que encierra una contradicción porque le dice dos cosas: que mate a su tío Claudio para vengar su muerte, pero que cuide a su madre, que no la maltrate, que no cometa excesos; que se interponga “entre ella y su atormentada alma”, y como resulta que su madre casi ni lloró a su marido y se casó con su cuñado, es un mandato imposible para Hamlet, que está totalmente torturado por esa manifestación del deseo de su madre -este es el otro obstáculo que encuentra Hamlet- que es lujurioso, inescrupuloso, que no ha respetado el duelo y que es muy sexual, y a Hamlet esto le hace aparecer la sexualidad femenina en su cara más horrorosa, la que provoca más espanto; esto tiene una precisión teórica a la que quiero llegar. Y esto arrastra a Ofelia también, que no tiene nada que ver y que era el amor de Hamlet y que estaba también ella profundamente enamorada de él. Se ve arrastrada en esta denostación de la sexualidad femenina que es muy fuerte.
Doblemente obstaculizado entonces: por el mandato superyoico de su padre y su núcleo de contradicción, y por el deseo/goce de la madre que para Hamlet es inadmisible; lo que hace es perder él mismo el objeto de su deseo y de su amor que era Ofelia, y la propia situación de su deseo en el fantasma.
Todos los críticos en todas las épocas se preguntaron, reflexiona Lacan, por qué Hamlet da vueltas y no hace lo que tiene que hacer; y los más importantes de entre ellos apelan a la psicología de Hamlet. Goethe por ejemplo, concitando mucha adherencia con esta interpretación, dice que se trata de un hombre que piensa demasiado, tiene muy desarrollada la racionalización y esto va en detrimento de la acción. O sea, es un neurótico obsesivo. Otros dicen que es un histérico. Lacan dice es un obsesivo, un histérico y un fóbico, primero porque no es una persona real sino un personaje de ficción, y también porque lo que muestra es el deseo de la neurosis en todas sus incidencias. 
E indica también que para explicar la vacilación de Hamlet es un error referirse a su psicología; hay algo en lo que coincide con Jones -no coincide en lo demás- que es lo siguiente: el problema de que no actúe está en el encargo mismo que se le ha hecho, y no en la psicología de Hamlet. Ese encargo, por alguna razón le repugna; y entonces cada vez que tiene una ocasión de matar a Claudio encuentra una excusa para dejarlo para más adelante. Finalmente, cuando lleve a cabo su acto, va a ser a costa de su propia vida y todos terminarán muertos. Un acto chapucero dice Lacan, mal hecho, hecho de última y pagando un precio muy alto.
Pero va a poder hacerlo después de hacer su duelo por Ofelia, con Ofelia muerta, y no antes. Es notable que Lacan recién en el seminario sobre la angustia, es decir cuatro años después, va a hablar de la importancia del marco; la angustia está enmarcada. El marco del espejo y el marco del fantasma. Y acá lo tiene presente por lo menos dos veces en la obra, pero todavía no lo ha formulado así. Una de esas veces es en la escena sobre la escena, tan comentada, también llamada el teatro en el teatro; es cuando Hamlet hace traer a unos actores para que representen -esta es una más de sus dilaciones- una obra teatral retocada por él que se parezca exactamente al crimen que cometió Claudio; para que todos asistan a esa obra y capturar la conciencia del asesino; que cuando vea representado su propio crimen, y que es lo que efectivamente ocurre, se impacte y se sienta culpable. 
Porque Hamlet quiere estar seguro, y ese es otro detalle: a él no le basta con lo que el espectro de su padre le dijo, él quiere estar seguro de que eso ocurrió así y por eso monta esa escena. Eso ya es un marco, un marco para la angustia. En esa escena hay un personaje que se acerca a otro personaje que está dormido y le vierte el veneno en la oreja y luego, la que estaba casada con el muerto se casa con el asesino. Y lo que ocurre es que cuando el rey, Claudio, está asistiendo a esa representación, de pronto se levanta indignado, y dice que no tolera más eso, y se va con toda la comitiva detrás.
Y hay otro momento de marco que es la escena del cementerio, que Lacan hace notar que no está presente en ninguno de los pre-Hamlet, la inventó Shakespeare. Esa escena muestra la tumba abierta en la tierra, en la cual van a enterrar a Ofelia; claramente, la tumba hace de marco a un fantasma que se va a reestructurar en ese momento, y de marco del espejo también. Porque en ese agujero abierto en la tierra se va a arrojar Hamlet para luchar con Laertes que es el hermano de Ofelia, dado que no soporta la expresión de su duelo, el alarde de su dolor, dice.
Pero voy en orden. Cuando termina la “escena sobre la escena”, Hamlet se va al dormitorio de su madre a hablar con ella, porque ella se lo requirió. Es que todo el mundo se pregunta qué trama Hamlet, que maquina, por qué parece que está loco, qué está tramando; todo el mundo está muy inquieto, y le arman trampas, Hamlet las elude a todas, menos la última. Y en este contexto Gertrudis los llama a su dormitorio para hablar con él, porque quiere saber que le pasa y qué se propone.
 Como en toda tragedia hay algunas cosas que son un poco cómicas, esta es la escena en que Polonio, chambelan del rey y padre de Ofelia y Laertes (personaje detestable, pero no viene al caso ahora), se esconde detrás del cortinado para escuchar lo que dicen, con anuencia del rey y de la reina. Lo gracioso o trágico según como se mire, es que Hamlet después de la “escena sobre la escena” se encamina al cuarto de su madre y se topa con Claudio que está arrodillado y rezando. Dice: qué crimen terrible cometí Dios mío, nunca podré ser perdonado, oscila entre pedir perdón y saber que lo que hizo es imperdonable; la cosa es que Hamlet tiene la oportunidad justa de sacar la espada y matarlo, porque Claudio no lo vio, está totalmente indefenso, agachado. ¿Y qué hace? Dice no, mejor ahora no lo mato porque está rezando, a ver si Dios lo perdona… 
Freud diría es tan endeble el argumento que seguramente oculta un motivo inconsciente. Entonces lo deja para después. Y cuando llega al dormitorio de su madre empieza a conminarla, a retarla, a persuadirla de que deje de revolcarse con Claudio, que lo que hace es desvergonzado, que ya no tiene edad para eso… la trata con mucha crudeza, porque él ha pensado antes: “voy a clavarle el hierro en su corazón”. Y efectivamente Gertrudis le dice: “me habéis partido el corazón, haré lo que digáis”, después de que Hamlet la trató de puta con todas las palabras poéticas en inglés que nos queramos imaginar.
Y como además el problema es que hay un objeto digno y uno indigno, le dijo a su madre cómo vas a comparar a Hiperion -así llama a su padre, es un titán hijo de Júpiter y de Gea- con esta basura -Claudio-. Y después de que la madre acepta hacer lo que él le dice, Hamlet cambia de discurso bruscamente y le dice algo así como que se olvide de todo lo que él le acaba de decir y que haga lo que ella quiera. Lacan le da mucha importancia a eso porque es notable lo que llama su recaída, la recaída de su deseo. Una agachada. Una declinación, una renuncia, una capitulación. ¿Por qué? Porque Hamlet perdió su deseo, lo perdió cuando rechazó a Ofelia. Eso ocurrió antes de las escenas que estamos comentando.
Entonces, dos cosas en la escena del dormitorio, que es una escena clave según Lacan: una, la conminación, otra la recaída, donde le dice más o menos que vuelvan, ella y Claudio, a revolcarse debajo de las sábanas. Lacan no cita el poema sino que hace su propia interpretación graciosa del mensaje, por ejemplo, dice que Hamlet le reprocha a su madre habérselo “embutido”, refiriéndose a Claudio y a su pene. También dice: ella es un coño abierto, se va uno y llega otro. En esos términos se va expresando con total falta de respeto por el poema, pero de una forma muy clara, y nos dice que si Hamlet recae en su deseo y no puede sostener esa conminación que le hace a su madre, es porque, repito, perdió su deseo por haber rechazado a Ofelia.
Perdió su deseo en realidad por que se desestructuró su fantasma; el fantasma es el soporte del deseo, y ahí viene a tallar el grafo donde Lacan explica cómo sucede esto. En esta misma escena ve moverse algo detrás del cortinado, y pensando que es Claudio clava la espada y mata a Polonio. Por la muerte de su padre Ofelia se vuelve loca y termina ahogada. Es decir, todo mal hecho de punta a punta.
Hay dos escenas importantes con Ofelia, al comienzo de la obra y luego del encuentro con el espectro. Una, que marca el extrañamiento de Hamlet con respecto a ella, a quien antes le había escrito cartas de amor y de quien estaba muy enamorado. Es una escena muda y es relatada por la misma Ofelia: el príncipe entra en su habitación con la ropa muy desarreglada y con el semblante muy transfigurado -hace pensar en un desencadenamiento-, no habla y la mira fijo con un brazo extendido hacia ella, y después se va, sin volverse y sin dejar de mirarla sale por la puerta. Y otra escena en la cual Hamlet sí habla y la trata con una crueldad, una vileza, un maltrato, una injuria inclusive, notables. Porque la sexualidad femenina se le ha vuelto lo peor del mundo, lo más horroroso y lo más temido. Entonces le dice que se vaya a un convento, que es su único destino; le da a entender que para una mujer la opción es el convento o el sexo, y si es el sexo, que es lo peor de lo peor, entonces será una “criadora de pecadores”. 
¿Qué pasó? En este duelo primordial, constitutivo, duelo en el que el neurótico renuncia a ser el Falo, que es lo que llamamos la operación simbólica de la castración, indisociable de la operación real que es la privación, ¿a qué se renuncia? O mejor dicho, ¿qué es lo que se sacrifica en la operación de privación? Esa parte del organismo viviente que queda perdida por la entrada en el lenguaje, que por el lenguaje queda mortificada. Eso es el Falo, Φ.
Es Fi mayúscula. Porque luego está su representación imaginaria, menos fi minúscula, que es el brillo que eventualmente reciben los objetos que se tienen o no se tienen; alternativamente se tienen y no, es la alternancia propia de la neurosis. Pero el Falo, con mayúscula, ha sido sacrificado. Ha sido perdido y eso conlleva un duelo que es, como decíamos, el molde de todos los duelos por venir.
Está esa dialéctica conocida entre ser y tener el falo, que ha persistido entre nosotros como si fuera un modo de especificar las relaciones imaginarias entre lo femenino y lo masculino, donde se dice que lo masculino es tenerlo o no tenerlo y lo femenino es serlo o no serlo. En realidad, esta dialéctica del ser y el tener sirve menos para explicar la comedia de los sexos que para explicar lo que en todos nosotros ocurre en el pasaje de la privación a la castración, es decir: se supone que el Falo, esa libra de carne perdida, sacrificada para siempre por la entrada en el lenguaje, que no corresponde a nada intuitivo dice Lacan, es el único significante del que el Otro no dispone (A barrado); pero viene a ser cubierto, o taponado, por el objeto del deseo en el fantasma. 
Ese objeto le hace de tapón al Falo, con lo cual Falo y objeto a son indisociables en la teoría, pero además ¿qué ocurre si el objeto deja de hacer de tapón? Por ejemplo cuando alguien muere, cuando un objeto de amor se pierde. El Falo queda al descubierto, y eso es una tragedia. Ese agujero real es lo que hay que apresurarse a tapar con el trabajo del duelo. 
Allouch en su libro critica mucho el término trabajo, exageradamente, creo; algunos que pensamos en estas cosas, creemos que a pesar de que el libro de Allouch tiene un enorme valor, ese ensañamiento con el término trabajo no tiene mucho asidero. Años después él mismo no retoma esto y vuelve a hablar de trabajo del duelo. Es un trabajo como el del sueño, un trabajo con los significantes; es trabajo retórico, es metáfora, es metonimia, es todo aquello que permite, aunque sin lograrlo nunca totalmente, hacer algo con ese agujero real, cráter abierto por la pérdida.
Fíjense que Freud dice en duelo y melancolía que cuando alguien está de duelo primero introyecta al objeto perdido -que hay que ver qué quiere decir con introyección y con objeto, cosa que Lacan revisa con su ternario; para Freud ocurre una identificación con la persona, no con el objeto, y no es lo mismo: una persona puede o no ocupar el lugar del objeto de deseo en el fantasma, como era Ofelia para Hamlet-, y, sigue diciendo Freud, comienza un trabajo de rememoración que según Freud está destinado a retirar el investimiento libidinal del objeto perdido. Lacan dice es al revés: todo ese trabajo de rememoración está destinado a investir al objeto.
Por otro lado, como señala Allouch, para Freud la operación del duelo es una operación limpia, que da cero, en Lacan en cambio nada da cero, todo deja resto, pero Lacan tiene su ternario; sabe que lo simbólico tiene un agujero. En Freud da cero porque tiene la teoría del objeto sustitutivo, en Lacan el objeto es insustituible.
Pero lo importante es que el trabajo de duelo estaría destinado volver a colocar ese tapón sobre lo que quedó al descubierto; es decir, a volver a restaurar el objeto del deseo y el fantasma que le da su marco. Sin lo cual no hay acto posible (no acciones, acto); por eso Hamlet no actúa. Es capaz de un montón de acciones, hay momentos en que no vacila para nada, por ejemplo cuando saca la espada y ensarta a Polonio: ninguna vacilación; o cuando el rey y la reina lo mandan Inglaterra, con dos cartas selladas, pidiéndole a los ingleses que cuando llegue lo maten, y él, en el barco y en medio de una tempestad, toma las cartas y rompe sus sellos, cambia sus contenidos y las vuelve a sellar, como resultado de lo cual hace que maten a los compañeros que lo traicionaron. Ahí acciona con precisión y no vacila.
Es decir, está impedido del acto porque es el deseo el motor del acto, no hay otro. El duelo por el Falo, la operación de la falta real que es la privación, todo esto tiene como consecuencia el deseo. El deseo es la metonimia de la falta en ser, escribió Lacan muy tempranamente. De la falta en ser… el Falo.
Lo único susceptible de empujar al acto es el deseo. Si no está ese motor, tenemos acciones que yerran su cometido, dan vueltas en círculo, se repiten. Pero el acto, el que cambia las condiciones anteriores, es raro.
Por lo tanto, si el deseo está obstaculizado como lo está en Hamlet, y no tiene más el sostén del fantasma… En el grafo: el significante de la falta en el Otro, arriba y a la izquierda, es aquello de lo que parten tanto Edipo como Hamlet, con una diferencia: Edipo no sabe que parte de acá, que el padre está castrado, y encuentra la castración al final; en cambio Hamlet, que sabe, parte de acá. 
La línea inferior de la demanda, s(A)→A, lugar del discurso consciente, donde Je dirige su demanda al Otro y recibe como respuesta retroactiva el significado del Otro, lo que decide el sentido de lo que ha pronunciado. 
Pero la línea superior también está constituida por una cadena significante sólo que inconsciente. Ahí nos encontramos con ese gancho del que Lacan hace un signo de interrogación, donde el sujeto se pregunta qué quiere y recibe su propia pregunta en forma invertida desde el Otro. El fantasma, sujeto barrado corte del objeto a, que está enfrente del deseo, d, lo sostiene; lo sostiene de manera homóloga a como, en la parte inferior del grafo, el yo (m) se sostiene en su imagen especular (i(a)). Lacan indica que Hamlet está detenido en significante del Otro barrado y no puede proseguir el camino hasta el fantasma; entonces lo que hace, y esto es lo que ocurre en la recaída de la conminación hacia su madre, es caer “en picada” hasta el significado del Otro, s(A). El significado del Otro es la respuesta de su madre (ausencia de duelo, lujuria).
Este circuito que va desde el significante de la falta en el Otro, al sujeto en relación a la demanda -que posteriormente será la fórmula de la pulsión-, hacia el deseo, d, y luego al fantasma, forma una especie de cuadrángulo que es el circuito inconsciente. Normalmente el circuito inconsciente se detiene acá, en el fantasma; no baja hasta el significado del Otro. Si pasa a ese lugar, tenemos la perversión. Y efectivamente, cuando Hamlet recae, se encuentra sumergido en un discurso perverso con respecto a Ofelia.
Lo que hace la escena del cementerio, y vamos a ver que es por obra de los celos, es reconstituir este circuito para poner su deseo a punto, restaurar el marco del fantasma y poder llevar a cabo su acto. Tarde, pero lo lleva a cabo. Es en función de los celos, es decir que lo que está en juego es esa línea inferior que va del yo a la imagen del otro, porque ve, en ese rectángulo de la tumba abierta donde ya depositaron a Ofelia, a su hermano Laertes llorar con mucho dolor; manifiesta su dolor a viva voz y se arroja al pozo para abrazar una última vez el cadáver de Ofelia.
Esto a Hamlet le resulta intolerable, siente celos e inmediatamente vuelve a colocar a Ofelia en el lugar de objeto de su deseo; es decir, taponando ese lugar de lo imposible que es el Falo al descubierto. Hamlet le grita a Laertes: “yo amaba a Ofelia, y cuarenta mil hermanos con todo su cariño no llegarán jamás a la suma de mi amor”. Se tira a su vez en la tumba abierta y se traba en lucha cuerpo a cuerpo con su imagen en el espejo que es Laertes. Totalmente apto para ser su imagen especular: es de su misma generación, aristócrata como él, buena persona como él, fueron amigos, compañeros y es el hermano de su amada. Se agarran del cuello uno al otro hasta que los presentes se escandalizan ya que están en medio de un funeral y los separan.
Posteriormente Hamlet se arrepiente y le pide disculpas, pero la relación especular ya hizo su trabajo benéfico: en el interín pudo hacer su duelo, ese que estaba obstaculizado; Ofelia, que ya es un objeto imposible porque está muerta -y dice Lacan “tiene una existencia tanto más absoluta cuanto que está muerta”, es decir, junta la muerte del objeto con su existencia absoluta, porque el objeto del deseo es imposible de todos modos-, pone a punto su deseo, se reconstituye su fantasma y pasa al acto.
Hay una última escena donde le proponen a Hamlet algo inverosímil. Porque a todo esto Laertes volvió de viaje, se enteró de que el responsable por la muerte de su padre fue Hamlet y todo se complicó mucho para el reino. Hay entonces un complot entre Laertes y el rey Claudio para matarlo. La trampa es un torneo de esgrima, donde van a luchar pero por deporte, Laertes y Hamlet. Con floretes con botón, para no herirse. Y Claudio va a apostar por Hamlet, y hay un montón de regalos preciosos en el medio. Todo tiene una apariencia muy tramposa, y sin embargo a esa propuesta, ¡Hamlet dice que sí! Acepta, a pesar de que ya pasó la escena del cementerio, y la efectuación de su duelo.
Todo está preparado así: las espadas van a tener botón, pero Claudio y Laertes conspiran y deciden que en el momento de darle cierta estocada Laertes a Hamlet, lo hará sin el botón para herirlo; pero por las dudas de que no lo hiera de muerte, le compra a un brujo un veneno y moja la punta de su espada con él. No conformes con esto Claudio hace preparar una copa con veneno, para dársela a Hamlet cuando tenga sed y pida de beber. Por confusión, de esa copa toma Gertrudis y termina muerta. Todos acaban muertos: después de que Hamlet y Laertes se hieren de muerte uno al otro, puede Hamlet herir de muerte a Claudio.

Esto es lo que Lacan llama un trabajo chapucero.